¿Qué tienen que ver las mujeres afganas conmigo?
No sé si este título tan extraño te ha llamado la atención o no, pero si te ha dado curiosidad, quiero que sepas que te lo contaré un poco más abajo.
Pero antes, quiero hablarte sobre mí.
Mi nombre es Tamara Goca, y no soy médico, ni nutricionista, ni enfermera… ni nada que vaya por “la rama de la salud oficial”.
La realidad es que yo no pensaba meterme en este camino.
Sino que la vida me fue llevando, pasito a pasito, golpe a golpe, hasta este preciso instante.
En la página de inicio de fielatupiel cuento cómo fueron esos primeros descubrimientos, esas primeras preguntas, reflexiones…
Y cómo, al final, tuve que cuestionármelo todo.
¿Por qué?
Porque cada vez que lo hacía encontraba nuevas respuestas, y esas respuestas me acercaban cada vez más a la verdad.
Llegué a la conclusión de que muchas de mis creencias de toda la vida eran claramente erróneas.
¿Cómo iba a tomar buenas decisiones con mi piel, pelo y salud si no tenía idea de casi nada?
Aunque en ese momento pensaba que sí, claro.
Pasaban los meses, años… y yo no me veía mejor. Por más rutinas, cremas caras y revisión de pasos que hacía, ¡no me veía mejor!
Al revés, me estaba viendo peor cara y la caída no se frenaba.
Y como no hay mejor motor que la propia insatisfacción, me abrí a escuchar otras ideas.
Y cuando hice eso, vi que había estado muy equivocada. Que lo que hacía no funcionaba, por más que fuera lo recomendado por los “expertos”.
Me di cuenta de que había algo que no cuadraba.
Y siguiendo ese camino, me metí a leer sobre muchos temas diversos porque, por aquel entonces, solo tenía una certeza:
“Todo está conetado”.
Y con la piel no iba a ser menos.
Cuanto más profundizaba, más me daba cuenta de que no me valía solo con la cosmética, ni siquiera sabía exactamente qué era lo que la dañaba porque cada vez me cuadraba menos la teoría oficial.
Al de no mucho supe que debía aprender otros temas: alimentación, microbiota, sistemas del cuerpo, hormonas, ejercicio, descanso, estrés y sistema nervioso…
Pero también eso se quedó corto. Notaba que faltaba algo más.
Y entonces llegó la comprensión de algo más profundo: la luz.
Energía, electromagnetismo, luz, sol, agua, mitoncondrias… Parecía que era por aquí, porque tenía mucho sentido.
No solo sentido, lo probé y funcionó.
¿Me quedé ahí?
La verdad es que no.
Faltaba algo más. Y entonces profundicé un poco en las emociones, en qué pasa con ello, en cómo se relaciona esto con la luz…
Descubrí que no había una única medicina, sino que había distintas y que se podía aprender de todas ellas.
Ahora la ciencia está explicando lo que siempre se ha sabido.
Bueno, y más cosas que no me gustaron nada. Como que la cosmética no era tan segura como me habían contado.
Que había que tener cuidado con otros temas invisibles y revisar qué pasaba con todos esos ingredientes que daba por hecho que me venían bien.
Con esto no quiero decir que haya encontrado todas las respuestas, sino que estoy más cerca de saber cómo cuidarme.
Y ahora sé que no puedo cuidar la piel de manera aislada, que no la puedo cuidar bien si no la entiendo, la conozco y la escucho.
Lo mismo con mi cuerpo.
Lo mismo con lo que hago.
Lo mismo con mi entorno.
Yo no quiero que todo el mundo esté haciendo estos hábitos que yo propongo.
Lo que quiero es que sepan qué les conviene y qué no teniendo información coherente en sus manos y que, en base a ello, decidan.
Ah, sí, se me olvidaba. ¿Qué tienen que ver las mujeres afganas conmigo?
Que cuando estudié mi máster en Derecho internacional y relaciones internacionales, el tema que elegí para el TFM fue la mujer en Afganistán.
Hoy sé que salí de la universidad aún más confundida de cómo había entrado, con unas creencias poco ciertas y que, además, me hacían un flaco favor.
Por suerte, tengo la sensación de que la vida te va guíando hacia donde deberías ir, y en mi caso al menos, creo que compartir esta visión con quien quiera escucharla, intentando ayudar a otros, es bueno para mí.
Creo que por esta vez es suficiente.
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